4.8.11

Secuencia VIII


Voy y vengo.
Sin decirlo voy y vengo de la noche hasta tu boca,  
a tus jazmines lejos que andarán por el aire aromando las avenidas,
las injusticias de tanto niño roto y puesto a sonreír pese a todo sobre los edificios,
los volcanes, los abandonos, las muertes anticipadas, las baladas tiesas contra el piano;
voy hasta tus manos de ronda y tizas con el café humeante del día que te antecede,
y me reencuentro con tu fantasía en blanco y negro, antes de ningún camino nuestro;
juego a la payana entre tus besos y vos me das las manos de desvestir mi boca.
Tus manos de acariciar angelitos hasta dibujarles alguna casita en el pecho
que tenga verdes a porfía, tejas avergonzadas por donde el sol entra de todos modos
y los empuja hacia tu regazo buscando aromas de mamá de siempre, de nunca antes,
tus manos de saludar hasta mañana con un beso al viento y otra vez todos los jazmines,
todas las batallas todos los gobiernos todos los esclavos todos los amores extraviados
en el fondo del bolsillo, en los días de guardapolvo blanco y escarapela que nos devuelve
la patria que alguna vez quisimos para poder encontrarnos y sentirnos de este modo
tan absurdo y tan real que ningún camino podría habernos encontrado, de esta forma
tan sencilla y tan vos y tan yo que ningún prestidigitador podría haberla hallado
si vos no sonreías y yo no cruzaba el andén de la locura para envolverte los dolores
y que vos me acaricies las calles agrietadas, los pueblos desolados, este mar vacío
que siempre tuve disponible para abrazarte y que te quedes en mi viento con tus jazmines
y yo me quede entre tu arena dibujándote castillos, casitas en el pecho de tejas avergonzadas
y verdes a porfía por donde el sol va a seguir entrando de todos modos todos los días
tan sol y tan jazmín, tan pueblo y tan arena que ya no vamos a poder dejarlo,
ya no vamos a dejarlo.

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