30.11.11


Cuando Ernesto Cardenal habla, el zorzal del pino a  un costado de la galería en que conversamos, trina enloquecidamente. Cardenal habla de revolución y poesía. El zorzal gorjea tribulaciones de cuando el hombre olvida sus pájaros. Y se oyen los dos, uno a otro, en este enero caluroso de 2011 en la ciudad de Cosquín. Una respuesta como un disparo, un gorjeo. Como en plena revolución.



La expectativa por el encuentro con Ernesto Cardenal es prácticamente la misma que la de un imaginario encuentro con Fidel Castro o aún más, con Ernesto Che Guevara. Es decir, hablar de Latinoamérica con quienes han sido precisamente el pulso más exacto de la lucha por la construcción del continente, por los sueños de libertad e independencia a través de la confrontación armada, la tan poco deseada para algunos, Revolución. Para otros en cambio, esa Revolución era la que algún día nos podría ofrecer un sentido de pertenencia, la que nos devolvería al menos en parte los sueños rotos, la sangre de los castigados, aquello que intuitivamente sabíamos que nos estaban robando aunque no pudiéramos definir en términos precisos qué, y sin embargo nos dolía. Aquella Latinoamérica que leíamos pese a las prohibiciones, aquella que escuchábamos pese a la censura en la voz de Víctor Jara, en la Canción con Todos de Armando Tejada Gómez, en el Informe de la Situación de Víctor Heredia, o aquella a la que volvían todos los días –llegados ya los ochenta- los exiliados que nunca supimos en qué momento habían debido transformarse en desterrados para poner a salvo la nariz, las ganas de seguir adelante, el arte, o la música.




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