Obra Literaria



Oración Primera  
( En memoria a Hamlet Lima Quintana )



El pueblo era una marca en el tiempo,
profunda y circunstancial como las heridas
que cierran su boca de vez en cuando,
para advertir que la noche en la memoria
alumbra la desazón.
Así nos acostumbrábamos al sueño largo,
al tranco lento, y a combatir las horas
con una vejez profetizada, desposeída
del fresco de la sombra en el pedregal,
digamos, una nueva antigüedad.

El sol nos iba creciendo casi sin brillar,
y a poco, era una mole de la altura
pesada y cancerígena en la soledad
de los patios poblados de hornos, 
y gallinas como malvones.
Era verano, y también era la luna llena,
como que a veces, era otra nostalgia
bailando escurridiza en los vaivenes
del trompo y la hamaca de rueda,
cansados de tanto morir.

Venga a nosotros el río
así en el tiempo como el recuerdo,
venga a nosotros el cerro
con un poema de uranio
y una lágrima de espuma,
para saldar la congoja
de tanto abuelo perdido,
y que se haga la voluntad;
la de ustedes y la nuestra
de vivir haciendo historia,
y de saber que estamos vivos

Rezábamos la noche detrás del vino,
como embrujados por la jarilla ausente,   
como detrás del galope de un centauro
propietario alado del sur y del oeste     
Rezábamos y era costumbre no volver
sobre los rastros quietos de la esterilidad,
porque la noche era un misterio de ida
profundo y santificado desde la muerte

De arriba nos contemplaban los más ancianos,
de abajo los jóvenes no nos comprendían,
como si alguien hubiese encendido una trampa
para encerrarnos, para volver a callarnos,
O tal vez como si alguien con el pulso muerto
hubiese afirmado que ustedes y nosotros
no podríamos ahogarnos en la vejez
o en la serena firmeza de los recuerdos.

Perdónanos nuestras deudas
como nosotros aceptamos
el manejo y el despojo
que nunca nos preguntaron,
y no nos dejes a la deriva
como a los camalotes,
en la angustia renovada
de este absurdo anecdotario;
líbranos para ser libres,
y no nos dejes caer
en el abrazo distante
de no volver a encontrarnos.
                                             
                         
                                               Miguel Hernández  De “La Creciente”




De “PERITO EN PATIOS Y GALERÍAS”
 Instrucciones Para Fundar Un Patio
                                              

En primer lugar es necesario contar con una porción de día que haya quedado desolada en cualquier sitio de la nostalgia. Rondarla previamente apenas silbando con la exclusiva finalidad de pasar sin sombra de la calle al recuerdo, del olvido al mañana, y tejer, como quien anda entre cielos de pájaros, el aire, los grillos, y el campo.

Después, el cielo se ocupará de otorgar la dimensión exacta al diminuto encanto de la tarde en los jazmines, que llegarán de a poco entre vahídos espesos de madreselvas y tierra en paz.

La luna es cosa importante; no debe descuidarse ni un solo segundo la atención de su mirada. Algunos ancianos han dicho que aquellos que no penetran en la luz de su pensamiento, aún a costa de perder la cordura, después sólo pueden disfrutar del sol y escapar de la noche como un testigo mudo de su propia cobardía. La luna los estalla por dentro, y los encierra en cárceles de horror con la forma de su mismo cuerpo.

Debe crecer el árbol, aún desde una maceta; debe crecer la sombra, aún en la sutil costumbre de pasar desapercibidos; debe nacer la memoria, aún tras el brillo del cemento; debe silbar la calandria, aún entre las voces altas de los que buscan el silencio; debe cantar el grillo, aún en la oscura certidumbre de no esperar a nadie.

Entonces, habrá que volcar el fuego pendiente en las ollas del abrazo, y saludar a un amigo en la primera noche, justo cuando las voces comienzan a ser la parte más importante del futuro que nos queda.

 Miguel Hernández



Testigo
                                
  
Este silencio,
Este tizón de memoria que recorre el piso
Y se va incrustando en cada palabra
De cada pregunta, en cada recuerdo
De lo dicho y lo redicho y vuelto a decir,
Esta innombrable memoria que los nombra
A todos y a cada uno, uno por uno,
Y va buscando el trayecto final de la justicia,
El nombre del espanto, el grito atrás,
El último llanto y que ya no quede nada;
Que la cuenta vuelva a cero
Y los psicópatas se hayan volado
A la luna, a marte o a cualquier galaxia
Y que esto no haya ocurrido nunca
Ni vuelva a ocurrir ni aquí ni en otra parte
De todas las partes que nos unen
La voz con los ojos y el llanto,
La luz al final del corredor y el espanto
El ruido del camión y los que nos faltan
En cada mano, en cada pie, en cada dedo
Encargado de contar desde el uno o el cero
hasta treinta mil, o hasta los cuatrocientos mil
de todo el continente que nos arrancaron
centímetro a centímetro, minuto a minuto,
vida tras vida, lágrima por lágrima.
Este silencio digo, será la estocada inmortal
que recordarán por siempre los asesinos;
hasta que ya no vuelvan a repetirse.







De "Cielo Arriba"


                II


Vuelvo ahora al silencio,

Este andar de abejas por el aire,
Recorriéndome el origen y el futuro.
Vuelvo a pensar en Punilla,
Miro a lo lejos la Pampa de Olaen,
Y digo que en esta tierra el Puno,
Entregaba al sol su asombro y sus manos,
De la misma forma en que lo hicieron
El Inca y el Maya en su simpleza de oro.
Me sumerjo y observo después 
Junto a los peces, el fondo del río,
Palpo la piedra, la mica alucinando
El vientre de los remolinos,
Y subo en escamas hasta el aliento de un sauce;
Miro el cielo arriba,
Descubro el pulso sideral de la región,
Y digo, tal vez,
Desde la altura de un penacho de albahaca,
Que sigo creyendo en la voz de la tierra.
Y que algún día, ni tan lejano ni tan cierto,
Podremos oír su canto devorando a los injustos,
Salvando la nuez, el higo, los pájaros,
Y aquellas tremendas ganas de volar
Que nos ocurre a los que sin duda alguna,
Estamos vivos.





De "Reencuentro de la llanura"
Secuencia XII


Lo que ocurre aquí lo sabemos todos,
Porque sucede que los niños van descalzos
Del amor hacia el futuro,
Y los ancianos han envejecido en la ilusión
De un salario justo; de visitar al médico
Cuando el espanto los ciega y los aturde.
Ocurre también que en plena Buenos Aires,
Por zonas de Floresta, el verano se instala en los árboles
Mientras un hombre sin silla de ruedas,
se arrastra por la vereda, nos cruza el asombro,
y los gorriones se llaman a silencio.
Al borde de la estación Retiro, otros seres alados,
con sueños blancos de gigantes, asoman temprano
en los puestos donde se mercadea la esperanza
de alguna vez un trabajo, una noche buena, o al menos,
una buena noche.
Entonces ocurre que esta Buenos Aires,
este país que nos sucede a todos,
se me escapa entre lágrimas
cuando recuerdo el amor, el hambre de los explotados,
La injusticia lloviendo a los sometidos,
Y esta memoria que nos desangra en la necesidad pueblerina
De encontrarnos frente a frente,
para darnos la mano y expulsar al enemigo.





De "Cielo Arriba"

                                       V

Está claro que la vida es esta pasión que nos atraviesa
hasta el mismo clavo que nos hiende la herida fría
de atravesar años, caminos, lluvias, follajes,
permanencias y silencios;
Como también está claro que el hierro que nos hunde
Es el mismo que tarde o temprano nos redime
De nosotros mismos y nuestras consecuencias;
Y que la sobrecarga es un sinsabor de las deficiencias
Puestas a florecer en un campo de batalla.
Pero también está claro que si invertimos el cielo
Y nos despunta el día de la memoria a las arrugas,
El misterio del fuego y sus semblanzas de dragones
Puede tornarnos sino de lo inexplicable y lo latente
En las hojas que caen, en el niño que llora,
o en el árbol vuelto sombra y madre, rama germinal
del viento que nos hizo polen y pájaro
en el camino de regreso.





OBLIVIÓN en 2 x 4

Hay días en los que siento que me caigo en un agujero profundo, en una especie de horma como un queso fundido y caliente que después de juntar restos de migas, de sol en la mesa, de llovizna del fin de semana, de alas de moscas y polillas despellejadas por las arañas, se vuelve a juntar y a espesar  hasta volcarse caliente en el molde de los días. Esos en los que, obviamente no me siento bien y necesito dejar correr todo de la misma forma en que el agua se escapa por el suelo y me inclino y caigo y me vomito en el fondo de cada uno de esos días hasta que me miro nuevamente.
Todos hemos abandonado algún juego por la mitad, incluso el que más nos comprometía cuando parafraseábamos a Antonio Machado con aquello de “caminante no hay camino”. Y sin embargo los hubo a fuerza de golpe y traqueteo y sangre y espera y lágrimas y jazz por la noche en otro sitio lejano que nos recordaba cuánto amábamos la trompeta desde que éramos pequeños y supimos que el blues posibilitaba la libertad, entonces despreciamos el jazz blanco y pasamos a admirar a los negros. “Vos sos traicionero como todos los blancos” le había dicho ella mientras lo observaba furibunda desnuda de pies a cabeza. Hubo excepciones claro, pero el desprecio por la libertad existió siempre desde que existieron los blancos en desmedro de los negros. Algo así como la noción de gobierno del peronismo y el radicalismo; una secesión eterna del olvido y el perdón, del dolor y el avasallamiento. Y así no se gobierna nada ni a nadie.
Ella recién salía de la ducha y vio cómo con todo desparpajo él le devolvía las llaves de su casa y se retiraba sin decir nada, aceptándolo todo; aún el hecho de tenerla frente suyo así, mojada entera y desnuda. Ni un beso. Ni un signo de arrepentimiento ni remordimientos por cosas dichas o vividas. Luego, claro está, ella se echó a llorar en la puerta del baño y siguió mojándose desde sus ojos, mirando al techo sin entender.
Tal vez lo profético le había sonado a balazo en la frente. Ella le anunció su esencia traicionera, y él sin más, la había cumplido como un designio.
Traición a su voz, a su boca, a todas las horas de piel y sonrisas, a cada mañana desnuda frente al espejo buscando el flanco más sano de permanecer juntos.
Los días pasaban lentos como rebanadas de pan a las puertas del viento sur con su tan temido soplo de invierno y días azules hartos de oxígeno límpido y bandera. Nitrato de soledad, sulfitos de la locura empecinada en una brusca ola de crearse a sí misma entre las vías olvidadas  del tren y el plástico de la ciudad cerniéndose como una amenaza blanca y otra vez el recuerdo de la traición. Y claro, si la luna sale por la ventana opuesta a la que siempre salía, algo habrá que cambiar para que la máquina enceguecida de la noche también deba encontrar otro referente, otra postura desde donde enamorarse de su propia voz. 
Creo que hemos perdido la memoria Mara, nos hemos transformado en algo así como un eco desaparecido de nuestro propio rastro y sin querer, hemos vuelto a nacer en otro lugar, en otro sitio donde andar la desmemoria sea posible de acuerdo a la incapacidad de cada uno de acordarse. Y sé que en algún punto del cielo estarás dando vueltas y eso duele mucho Mara, quisiera buscarte pero no sé por dónde empezar, porque solo recuerdo tu cara y tu nombre y que algunas noches te encontraba bajo la lluvia caminando por boulevard Oroño bajo el susurro de las palmeras y reíamos juntos y eso nos hacía demasiado bien, tan bien que después comenzamos a amarnos tanto que ni siquiera pudimos amarnos. Tu mano era demasiado cálida, tanto que me enamoré de tu piel desde tus dedos suaves y chiquitos. Yo soñaba con alcanzar Madrid y vos con un principito parecido a tus ojos, tan parecido que hasta una noche mientras descansabas tus piernas sobre mi falda te miré largamente mientras nos besábamos las manos y creí que Saint Exupery te habría conocido antes de mí. Creí que el principito era una mujer, no podía ser de otra forma. Pero vos lo esperabas en cualquier otra esquina y hoy ya no es lo mismo. Tu perfume me mareaba y sentía vértigo y entonces el mozo nos miraba porque desde hacía ya cuatro horas solo habíamos pedido dos cafés y solo eso. Después mucho cigarrillo muchos besos y mucho vos y mucho yo y un buen día mucho nada. Me fui, te fuiste, nos escondimos en la vida detrás de alguna oficina, de un paquete de sahumerios y un afán absurdo por alcanzar las ciruelas más vistosas de este lado de la verdulería porque esas eran las que nunca podíamos comprar y el gordo bochornoso que se masturbaba con mirarte ansiaba que vos fueses su clienta y vos te aprovechabas, pobre infeliz, porque entonces lucias minifalda y medias rayadas  hasta arriba que al gordo lo enloquecían y te regalaba la fruta que quisieras, pero vos querías más, siempre más, hasta que un día encontraste un gordo sin verdulería que podía satisfacer tus deseos de ciruelas y corriste hacia ellas anhelando morir y volver a nacer y te llevó, y tuviste otro hijo más allá de Nati, hermosa Nati, para acceder al mundo de los sindicatos después de tanta poesía. Debajo de las alas, cien puñales, mil traiciones, y una sola consigna, la de sobrevolar por no caer, por no arrastrar el alma el peso el cuerpo y desconocer la tierra donde habitábamos por aquellos días soñando siempre soñando hasta dormirnos, hasta caernos, siempre soñar siempre soñando, hasta amarnos desconsoladamente.
A veces callo largamente para no sentir que puedo interrumpir el andar del espacio en mí y en quienes me rodean. Y por cada vez que renuncio a la posibilidad de expandirme, mis ojos sobrevuelan esta costumbre de alcanzar tu mirada. Sin embargo esto que hoy estalla contra las paredes, esta dificultad de unirme por dentro para correr a fundirte y abrazarte, dice que todo cuanto ponga en marcha será insuficiente para recuperar el camino desandado y volver a la “Y” griega en la que nos bifurcamos, al dejavú de tu camino y el mío.
Y quisiera poder decirte que todo aquello sucedido ya no importa, que no me hacen mella ni tus errores ni los míos, pero en verdad es mentira; una mentira absoluta que hasta rechaza mi propio organismo. Vos precisabas un Hades poseedor de un inframundo y yo una Eris que me aniquilara con su discordia. Y llegamos al punto cero, al momento de la incertidumbre que nos puso en movimiento hasta soñarnos en el reencuentro, hasta que nos tuvimos mutuamente a un costado del camino, a solas, a escondidas de todos los demás y de nosotros mismos aunque los dos sabíamos que esto iba a suceder. El despegarnos, el irnos nuevamente y volver a separarnos para recobrar la memoria.
Desconocemos la derrota. Realmente nos parece algo sucio y pleno de culpabilidad. Ejercemos el perfeccionismo exacerbado por las ansias de consumo. De cualquier cosa, de amor, de bienes, de ego, de espacio, protagonismo, herencias, y sin embargo morimos acribillados una y otra vez por el mismo sentido de fracaso que nos sorprende al amanecer. No conocemos las epidemias, y sin embargo nos contagiamos. El éxito nos fracasa. El fracaso nos impulsa; el temor nos vence, la fuerza nos lleva al temor, las divisiones a buscar pareja y la pareja a la duplicación de los conceptos. Y nos equivocamos. Bestialmente confundimos estar acompañados con dejar de estar solos; caminar juntos con vivir adjuntos; convivir con Vivir; comprender con explicar; explicar con excusar; excusar con ocultar; ocultar con deshacer; deshacer con volver a comenzar; recomenzar con hacer lo que nunca hicimos.
Y lo que nunca hicimos fue perder el miedo.
El siguió con su cortejo de palabras a la distancia y se fue deshilando cada día entre memoria y desmemoria. Ella en cambio, renunció a la memoria y se dispuso a tejer una nueva sucesión de traiciones programadas.

                                                                                                                    



Reencuentro en la Llanura
Secuencia XI

15 de Septiembre de 2011


Yo sé que nombrarte no tiene la magia de los hechiceros
Para volverte a la mesa y al vino compartido,
Que todos estos versos que hasta el momento
No había escrito nunca, son apenas ideas extrañas,
Impalpables asomos de vergüenzas frente al espejo
De mirarnos en tu sombra.
A ver si este pan se acerca a la paloma,
O si aquel pájaro al fin destierra la humillación del hombre
O si alguna flor de tu florero logra ubicarnos
En el levante del poniente en nuestra América.
No sé,
A veces creo que también te llevaste
Las palabras en el bolsillo de tu saco,
Y que la simpleza es una fortuna lejana
Que habrás sembrado entre las nubes de Saladillo
¿Cómo esta Luisa?¿Qué cosas dice hoy nuestro Armando?
¿qué cuento sube al escenario Javier para festejarte?
¿y cuántos días cantarán los amigos en tu nombre
Celebrando la palabra que nos dejaste y aquella
Que nunca nos dijiste?
Hoy andamos por aquí en esta tierra, cerquita del destierro,
Tus hijos, aquel Alonso, la misma Dora y tantos que te aprendimos,
Con nuestra sombra a cuestas, y algún trago de atardecer
Mirando pasar la ausencia hasta que se nos apague,
Y podamos volver a decir "Hamlet" con la misma intensidad
Con que te nombramos siempre para darnos fuerzas,
Para cobrar el tesón y la cordura que nos exige día a día
El sostener la palabra y en la palabra,
La mejor de las sinrazones, el amor a la humanidad,
Y en la humanidad la poesía por encima de la muerte,
Y al costado de la muerte, el Octavo Pájaro
Resucitando una y otra vez,
Hasta el final de los tiempos.



Distancia de la Libertad

Esta distancia es la noción del viaje

que los demás no han emprendido.
Si de aquí para allá tú partes y no vuelves,
de allí hacia acá yo siempre vuelvo
y no he partido nunca.
Porque si entre todas las cosas,
un día eliges marcharte,
sabrás que siempre nos hallaremos
a mitad de camino
entre tu partida y mi regreso,
en cualquier océano que vuelva a decirnos
lo que ya nos dijimos sin habernos visto.
Te vas, y yo regreso
como otra forma de nombrarte
y que me nombres,
porque en esta inmensidad tan sola,
la libertad no tiene tiempo
de volverse soledad, y al mismo tiempo
que pasó una ráfaga por tu vestido,
lo persigo entre guanacos sigilosos
buscando el cielo que no tuvimos.
Digo esta libertad me suelta las amarras,
y navego hasta tu sombra en la mirada
que me vuelve del ayer hacia el mañana.
Digo este espacio me devora,
y vuelvo a tu nombre por recordar el mío;
digo entonces la otra distancia,
la que dejaste atrás cuando los dos volvimos.



La Cuchara


(Canto General)



Sagrada homilía de los inviernos

Cantaste tu paciencia en gotas
Con que el domingo muele recuerdos
Como las madres tañen su pañuelo
De amores de plata.
En los secretos del delantal

Vajilla de las tertulias

Dijiste a todos el motivo del pan diario,
 En que la abuela se izaba
Repitiendo cada nombre,
Frutal y profunda,
Para que nadie pudiese escapar
Desde la mágica sospecha
A la memoria del hambre,
De un néctar de sombras,
Como un sabio penitente
Cantando bajo el ciruelo.
Besándonos el futuro

Madreselva, Madrelocro,

Madresavia, Madrearroz
Madreamor, Madredulce maderero,
Madrecaldo, Madreguiso de los sueños
Tu vientre suena en campanas de palo,
Tu amor en cucharones se despierta
Nos hunde y nos salva
Desde el fuego a la esperanza
De este cielo en adelante,
Hasta el sueño del laurel
Donde el beso sabe a pan
Con el salmo del regreso
Y la vida usa sombrero


La Cuchara


                            

                        I

Cantaste tu paciencia en gotas

Como las madres tañen su pañuelo
En los secretos del delantal

Dijiste a todos el motivo del pan diario,

Repitiendo cada nombre,
Para que nadie pudiese escapar
A la memoria del hambre,
Como un sabio penitente
Besándonos el futuro

Madresavia, Madrearroz

Madrecaldo, Madreguiso de los sueños
Tu amor en cucharones se despierta
Desde el fuego a la esperanza
Hasta el sueño del laurel
Con el salmo del regreso



La Cuchara 



                     II


Sagrada homilía de los inviernos

Con que el domingo muele recuerdos
De amores de plata.

Vajilla de las tertulias

En que la abuela se izaba
Frutal y profunda,
Desde la mágica sospecha
De un néctar de sombras,
Cantando bajo el ciruelo.

Madreselva, Madrelocro,

Madreamor, Madredulce maderero,
Tu vientre suena en campanas de palo,
Nos hunde y nos salva
De este cielo en adelante,
Donde el beso sabe a pan
Y la vida usa sombrero


                                                     De  "NO (1ª parte del SI)"

 

El Niño y El Viento.

Vuela niño pequeño,
vuela que el viento te llevará
hacia su pecho caliente,
contra su voz de mamá

Vuela que la selva llora
con fuego de tanto esperar,
tu amor quemando la siesta
despierto en el Paraná

Vuela niño de adobe,
silencio claro y torcaz,
la calle no tiene el viento
que tiene el pueblo al pasar

Vuela si una paloma
te hiere de tanto jugar,
tu paso lento hacia el hombre;
llanto en la sombra que va

Vuela niño pequeño,
vuela que el viento te arrullará
con su milagro más tierno
de sol, río abierto y pan

Vuela niño de adobe,
silencio claro y torcaz,
la calle no guarda el viento
que guarda el pueblo al llegar

                  (Letra: M. Hernandez / Música Caio Viale)

No


No es Verdad.

Esto no es la vida
que merecíamos vivir;
la auténtica es aquella
que algunos suspicaces
llamaron utopía,
y nos la prohibieron
por temor a la locura







Fragmento Anticipo de la Novela "Tiempo de Jaque"
Situación Fotográfica


Mara sabía bien que la llegada de Lalá no había sido casual, como muchas de las cosas urdidas y luego desmentidas por ella misma. Y aunque no lo reconocería nunca, no era difícil adivinar cierta sonrisa de triunfo tras la picardía de sus ojos, lo cual otorgaba al color almendra, cierto aire encantador sobre su tez pálida.
Yo había visto a Lalá en algunas de las ocasiones en que los tomos amarillentos de la dramaturgia italiana me arrastraron hasta el único rincón de sol en el cuarto de Pasaje López, que compartíamos junto a Ezequiel con grandes esfuerzos de espacio. Allí, tras la ventana que daba a la Plaza de Las Carretas como vista obligatoria, mis horas transcurrían entre Pirandello y las convulsiones de aroma sufridas por esos árboles que uno nunca llama por su nombre, porque solo los identifica en el olor, y recuerda hasta el momento y el lugar en que tropezó con ellos.
Lalá entonces, rondaba la fuente central bajo la mirada del ángel que sostenía una jofaina mugrienta con restos de agua verdosa, donde las palomas quitaban de sus plumas las migajas de cornisas con el pico bajo el ala, daban algunas vueltas recelosas, y finalmente volvían a su naturaleza muerta de cables y smog.
Podría decirse que, por aquella época, alguien había pintado el ánimo de la ciudad en un tono amarronado, que coincidía a su vez, con varias de las premisas fijadas por un otoño sin demoras que, de pronto, hundía su cabeza en el humo del té. Cada cual así sabía que podía sentirse el objetivo de un zoom interesado en fotografiar la irrealidad del mundo.


Dividir:

La ropa y el sol.
La ventana y el reloj.
El amor hacia uno mismo,
                                             y las uñas.
Las oportunidades
                                      y el presente.


y expresar sus resultados en el conjunto de ilusiones que opera en la cobardía de ordenar los pensamientos.

                                                                                                             Solución: El día Siguiente



Mara buscaba estar siempre distinta, siempre acorde a los atractivos sencillos de un tiempo que se esforzaba en sonreír bajo una absurda capa de maquillaje francés.
A veces, olía a extracto de frutillas y manzanas, otras, a muñeco de trapo sin consuelo en el sillón, y la vista perdida en lo que alguien había dado en llamar Rosal Alfonsina.
(Alfonsina de urbe sin mar, como un lejano brote de sus manos que riegan la tierra entera; como el motivo principal de lo cotidiano y complaciente; como la arcilla, como la noche; como la soledad de un rosal que se apaga triste en el rocío de sus versos, para acompañarla por siempre, boca abajo, cada atardecer)
Era como esas tardes con agua de colonia y paseos extensos, que mantienen vivo algún recuerdo en los pocillos, en los libros o el encendedor cuando comienza a anochecer. Como las tardes refrescantes de luna llena y humedad sobre el final del invierno, que conocían a la perfección nuestro sentimiento reprimido, fuera uno a saber bajo qué extraño cielo en nuestras cabezas.

El cielo, Mara, es algo estupendo,
porque vayas donde vayas, siempre está brindándose,
sin límites, sin obstáculos,
para que aprendas a contar ideas o estrellas
sin confundir unas con otras.
Permite que vuelvas la cuenta atrás,
que busques hasta hallar
un rasgo único que las distinga.
Luego puedes darles un nombre,
ordenarlas según tu antojo,
y comprobar que ni vos ni yo nos semejamos a él en nada,
porque nadie puede ser tan fiel como el firmamento.

Se afirmaba contra el respaldo del sillón, y esbozaba una sonrisa al techo mordiendo la melancolía en un suspiro.
En tanto el Café “Los Inolvidables”, exhalaba su compensación de vida, y hacía las veces de saldo inevitable tras la procesión de horas que sobre el Boulevard García Moreno, marchaban hacia el embarcadero, a sabiendas de que un día no debiera ser tan breve. Quizás hubiese hecho falta detenerse en algo que distrajera la atención del ridículo sentido de los minutos (un almanaque es algo así como la suma de todos los “ahora”). Contemplarse la nariz entre los ojos, y apuntar con ella la artillería de una mirada, meditar el encuentro de los dedos en los dientes, regocijarse en el abrazo que el sillón ofrece a espaldas del piso, y entre las flores vetustas del tapizado, diluirse, sereno, hasta desaparecer.
El humo cargaba una tibieza de volteretas, distintas en cada ocasión. A veces un hilo finísimo se escapaba sin origen, y ascendía frente a la nariz, mientras la garganta hasta la tráquea, sufrían un momentáneo incendio de bocanada entera desapareciendo contra las paredes cavernosas de las amígdalas, intentando sobrevivir. El primer trago de humo.
Nadie se lo había enseñado.
Todos habían procurado que lo aprendiese.
Las cosas habían cambiado mucho desde entonces, o quizás antaño no las hubiese reconocido. Ahora la calle del río era un encierro vaporoso de estacionamientos monótonos en amarillo y negro, donde el sol hacía más cruel el abandono de los árboles librados al contraste con los edificios. Las palomas tomaban cierto aire gutural contra el olor a sebo avejentado de las cornisas, y la multitud de las peatonales, en ese lugar, tomaba la férrea decisión de escalar por sobre la cabeza del otro para abrir las ventanas y disfrutar de su soledad horizontal.


Y todo se entrelazaba en el desorden como hilo común.
Algunos descendían por las espaldas de los de abajo para comprar tomacorrientes y adornos de cerámica; leche instantánea y jabón; papel de cartas y los zapatos que algún remendón utilizaba de excusa para, por sobre los anteojos, ver pasar a la próxima víctima de aquella espantosa fusión de soledades, donde todo se desmoronaba si el primero en salir era el de la planta baja.
Aunque, en forma casi inevitable, algunos artistas –quizás eruditos, quizás no- pretendiesen salir de su anonimato elevando Chopin desde algún piano afónico, o discutiendo en términos barrocos alguna cuestión filosófica sin demasiada importancia, a voz en cuello, absurdamente debían doblegarse ante una niña que, ofreciendo caramelos desde abajo, desconcertaba al ovejero de una terraza que entonces dejaba de ladrar.
Ahora Víctor era uno de los tragos de humo del sillón. ¿Tal vez el primero?¿O cuántas veces había sido devorado sin darse cuenta?
Buda se dice Lavanda.
María Elena se acoda en la ventana y muestra sus pecas a Grette Stern cuando la diagonal de Los Inolvidables se apronta a despedir a la motoneta curva del maíz inflado con moño en el cuello, que durante toda la tarde fue girando bolsitas de praliné dentro del cubo con chimenea de azúcar y sombrilla mazapán, y ahora cierra la dulzura raspando en silencio y guardando el pororó restante.
La tarde se lleva los ojos de Cristo.
Mara desceniza.
Mara es de ceniza; ceniza y humo en el ambiente único de vidrio y caña con extracto de manzanas y café. Extracto que Mara desceniza con esencia Marechal en la ventana, donde mueren las cenizas de Víctor que se consume enrollando y desenrollando un papel para que Mara recuerde el caramelo de naranja, vuelto de los cigarrillos. En las cañas queda Marechal abierto, bajo la lámpara de los almohadones que no existen en la silla de Víctor, con el cigarrillo bajo y la mano en la nuca pensativo. A pesar de la vieja radio que interfiere las imágenes del Aeropuerto de Las Carretas, donde ahora todo huele a Víctor contra la ventana nuevamente, que rebota su aliento y lo devuelve sin extracto de frutillas, sin esencia Marechal como la que vuelve a Mara sin aeropuerto ni farolas. Simplemente con empedrado sobre Rosas, que no es Alfonsina; tan inútil como los pequeños relieves en el frente de la casa con planta baja alta.

(En tu frente blanca el delantal de tu mirada honda, interminable cardumen de palabras te quiero. Suave. Aloirs)


Capítulo 10

El ingreso en la Jefatura de Policía era una calle continuamente húmeda que daba acceso bajo una arcada a un patio central de actividades siempre dudosas, donde se estacionaban patrulleros, camionetas, motos, y se los proveía de combustible en un surtidor de aliento extraño.
Uno podía divisar desde allí el primer y segundo piso del edificio donde transitaban los azules como hormigas todo el tiempo fuera uno a saber con qué extraña carga en sus mentes y en sus bolsillos y en sus papeles, detrás de los anteojos que por entonces se habían transformado en moda de los represores, al igual que las barbas de quienes durante un largo tiempo se habían opuesto a la tortura como forma de vida o de muerte, según el calibre del miedo.
La construcción era demasiado antigua. Como las injusticias que de tanto en tanto se blanqueaban con algún manto de piedad hablando del riesgo de la vida por magros salarios, o de la eterna disposición a tener que salir corriendo si el deber así lo exigía o las coimas, o las razias, o el operativo número y pico de detenciones ilegales cuando la reorganización que los parió. Y a pesar de los esfuerzos, las paredes y las rejas de los balcones largos, perimetrales, mantenían su color macilento como de libertad enferma, tuberculosa y amnésica.
El falcon se detuvo en marcha por unos segundos, intercambiando alguna novedad o chismorreo de detenciones con el guardia de la oficina de control, e ingresó raudo y sonriente como su chofer hasta el patio central; intercambió bromas como disparos en voz alta con el azul del piso de arriba, y echando llave a la puerta del coche se encaminó hacia el ala posterior en la que ingresó por una puerta diminuta, apenas visible. De allí, atravesó el encierro por un pasillo oscuro, siempre sospechoso, hasta que salió por otra puerta diminuta en una esquina del hall central.
Sobre calle Santa Fe la justicia brillaba en pisos de baldosas relucientes que daban a una escalera doblemente curva con baranda y escalones de mármol, más una araña gigantesca que aparentaba cierta amenaza de descolgar sus incontables gotas de vidrio y pendones eslabonados e inmutables, la cual solo se encendía en actos de asunción de nuevos mandatos. En tales ocasiones se recibía al nuevo jefe de policía con las luces encendidas que, tras haber sido puesto en funciones, volvían a apagarse para permitirle moverse entre las sombras.
El vigilante vestía saco sport y relucientes zapatos acordonados. Cuando llegó al despacho del jefe saludó con un beso en la mejilla a la secretaria que todos ambicionaban y algunos habían podido obtener, y le solicitó acceso al despacho. La rubia impecable ingresó sonriente y cuidadosa, y luego emergió sobre las finas agujas de sus tacos, como un insecto clavado sobre un muestrario de especies.
- Dice que ya te atiende – respondió al morenito de más de treinta y cinco.
Luego de unos minutos, el propio jefe salió a recibirlo.
- Cáceres, adelante, cómo le va, pase por favor - saludó el jefe mientras tendía la mano y cerraba la puerta tras de sí.
- Algo me adelantó Monseñor . Trae la carta?
- Sí señor – afirmó Cáceres entregando obediente el sobre.
El jefe leyó la misiva en la que Monseñor Sagrado manifestaba su “honda preocupación por la proliferación de actividades callejeras que infrigían la ley 8431 y el artículo 44 del Código de Faltas Provincial, y la necesidad de encuadrarlas en un marco regulatorio acorde a las necesidades morales de sana convivencia de la ciudadanía. Sin perjuicio de ello, todo lo que pudiera devenir en faltas similares contaba con la desaprobación anticipada del arzobispado y su comunidad eclesiástica, que en caso de no hallar el respaldo suficiente en la justicia, se vería obligada a brindar asesoramiento a las familias cristianas con la exclusiva finalidad de prevenir futuras desviaciones en la conducta de los Hijos en dios”.
- Usted sabe Cáceres que esto proviene de un sector ligado con ciertos intereses particulares, que no son los nuestros. Si ustedes deciden llevarlo adelante, nosotros obramos en consecuencia, pero que esto quede claro: nosotros no vamos a operar en el proceso interno de conseguir más combustible, personal con horas extras, y todo lo que hace falta. No sé si me explico. Digamos que el diálogo con la provincia lo tienen que buscar ustedes.
- Está más que claro, por nosotros no se haga problema. Sabemos a qué nos exponemos y qué podemos demandar de parte de ustedes. Pero digamos que si bien nosotros apoyamos con la logística interna, los que tienen que poner la cara con la opinión pública son ustedes.
- Eso ya lo sabemos. Pero Cáceres, voy a ser más claro. A mí me importa tres carajos lo que haga Monti con su vida o la de su gente. Yo, si quiero aprovisionarme de diversiones, tengo mis recursos. Y usted también Cáceres, no nos engañemos. (...)








No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja aquí tu comentario

Rastros del grito

Rastros del grito 04 de julio de 2013             I Mirar hacia adentro, Y encontrar al Armando que supo nacernos A la sang...